18/8/2014

Las cifras (Don DeLillo)

Jackson Pollock, Number 1A, 1948, 1948

Norteamérica, tanto entonces como luego, era un sanatorio de toda clase de estadísticas. Las cuidábamos. Intentábamos comprenderlas. Hacíamos lo posible porque mejoraran. Las cifras eran importantes, ya que, cualesquiera que fueran los temores que pudiéramos haber tenido con relación al descarrío de nuestras mentes, todos ellos se veìan alejados en gran medida por la satisfacción de saber con exactitud el modo en que estábamos enloqueciendo, a qué nivel de decibelios, a qué mach de velocidad y bajo qué fuerza de arrastre aerodinámico. Así, se producía una locura transferida, un desdoblamiento, entre las propias cifras y aquellos que las creaban y mimaban. Las necesitábamos enormemente, de eso no cabe duda. Mediante las cifras éramos capaces de camuflar nuestras dudas. Las cifras convertían el día presente en algo soportable, servían de heraldo de los sobrecogedores excesos del futuro y almacenaban con sutil y engañosa configuración nuestros recuerdos, por así decirlo, del pasado. Nos convertían a todos en científicos por naturaleza. Reinara la guerra o la paz, nos afanábamos en el recuento de los cuerpos. (...) Mirando atrás, recuerdo cuán importante era para mí el hecho de definir una situación o un periodo de tiempo con tantas cifras como lograba reunir. Se me antojaban los auténticos ayudas de cámara de la claridad. Si hoy me encontrara en mi lecho de muerte y no supiera en qué fecha vivía, probablemente mis células se resistitían a rendirse. Sin un calendario, un cronónmetro o una taza de medidas en la mesilla de noche, me sería imposible saber cómo morir. 

Americana, Don DeLillo, p. 174-175, (1971), Circe, 1999.

12/8/2014

Louis Welden Hawkins (retratos)

Peasant woman in a landscape, c. 1880

Portrait de jeune homme, 1881

Madame Severine, 1895

24/7/2014

20/7/2014

Dostoyevski (la forma alemana de acumulación de riqueza)

Otto Dix, Bildnis der Eltern I, 1921 

- Prefiero pasarme toda la vida como un nómada, en una tienda de kirguises -exclamé-, que adorar al ídolo alemán.
- ¿A qué ídolo? -gritó el general, que ya empezaba a enfadarse de verdad.
- A la forma alemana de acumulación de riqueza. Llevo poco tiempo aquí, pero lo que he podido observar y comprobar exaspera mi naturaleza tártara. ¡No quiero saber nada de semejantes virtudes! Ayer tuve tiempo de dar una vuelta por los alrededores. Todo exactamente como en esos libros moralizantes alemanes con ilustraciones: en cada casa está el Vater, tan virtuoso y tan honesto. Da hasta miedo acercarse a él de puro honrado que es. No soporto a las gentes honradas, a las que da miedo acercarse. Todo Vater tiene su familia, y por las tardes leen juntos en voz alta libros edificantes. De fuera llega el rumor de los castaños y los olmos. El sol se pone, en el tejado hay una cigüeña y todo resulta tan poético y tan conmovedor... No se enfade general, déjeme que se lo cuente de forma aún más conmovedora. Yo mismo recuerdo cómo mi difunto padre nos leía por las tardes, bajo los tilos, libros semejantes, a mi madre y a mí... Ya ve usted que puedo hablar de esto con conocimiento de causa. Aquí, una familia así vive en la más absoluta esclavitud y obediencia al Vater. Todos trabajan como bueyes y ahorran dinero como judíos. Supongamos que el Vater ha ahorrado unos florines y cuenta con el primogénito para transmitirle su oficio o tierras. Para eso, no se da dote a las hijas y éstas se quedan solteras. Para eso, se vende al hijo menor como criado o como soldado, y el dinero se une al capital familiar. Créanme, esto aquí se hace: me he informado bien. Y se hace por honradez, por honradez redoblada, hasta el punto de que el hijo menor cree que lo han vendido por honradez. Y eso ya es el ideal, cuando la propia víctima es feliz de que la inmolen. Y, luego, ¿qué? Que también el primogénito pasa lo suyo: tiene a su Amalchen, a la que se siente sentimentalmente unido, pero con la que no puede casarse porque no han ahorrado bastantes florines. También esperan, virtuosos y sinceros, y van a la inmolación con una sonrida en los labios. Las mejillas de Amalchen se hunden. Ella se marchita. Pero pasan veinte años y los bienes se han multiplicado: ya han ahorrado bastantes florines honesta y virtuosamente. El Vater bendice al hijo cuarentón y a la Amalchen de treinta y cinco años, de pecho seco y nariz colorada... y el Vater llora, les echa un sermón y muere. El primogénito se convierte a su vez en un Vater virtuoso y la historia se repite. A los cincuenta o setenta años, el nieto del primer Vater ya ha acumulado un capital considerable y se lo transmite a su hijo, y éste, al suyo. Y a la quinta o sexta generación aparece el mismísimo barón Rothschild, o Hoppe y Compañía, ¡o el diablo sabe el qué! !Qué espectáculo tan grandioso: el trabajo heredado de generación en generación durante cien o doscientos años de paciencia, inteligencia, honradez, carácter, firmeza, cálculo y una cigüeña en el tejado! ¿Qué más quiere usted? Nada más sublime, y desde su altura ellos mismos empiezan a juzgar al mundo y a castigar a los culpables, es decir, a todos los que no sean completamente iguales a ellos.

El jugador, 1866. Ed. Bruguera, 1980. Trad. Victoriano Imbert. pags. 44-46.