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7 ago 2015

Pierre Bonnard (La baignoire)

Baignoire (Le bain), 1925

Nu dans la baignoire, 1925

La sortie de la baignoire, c.1930

Nu à la baignoire, 1931

Nu dans la baignoire, 1936

La grande baignoire (Nu), 1937-39

Nu dans la baignoire, c.1940

Nu dans le bain, 1941-46

20 may 2015

Baudelaire (el comercio)

Jan Gossaert, Portrait of a merchant, 1530

El comercio es, por su esencia, satánico. El comercio es el «toma y daca», pero, sobre todo, el préstamo con el sobrentendido: Devuélveme más de lo que te doy.
El espíritu de todos los comerciantes está completamente viciado.
El comercio es natural; por consiguiente, es infame.
El menos infame de todos los comerciantes es aquel que dice: «Seamos virtuosos, y así ganaremos más dinero que los imbéciles que son viciosos...»
Para el comerciante, la misma honradez es una especulación de lucro. 
El comercio es satánico, porque es una de las formas del egoísmo, y la más baja, y la más vil.

Charles Baudelaire, Mi corazón al desnudo, (p. 63), Ed. Apolo, 1947, Trad.Agustín Esclasans.

16 may 2015

Cézanne (Les joueurs de cartes)

Les joueurs de cartes, 1890-92

Les joueurs de cartes, 1890-92

Les joueurs de cartes, 1892-93

Les joueurs de cartes, 1892-96

Les joueurs de cartes, 1894-95

Le joueur de cartes, 1890-92 

Study for Les joueurs de cartes, 1890-92

10 abr 2015

Camille Pissarro (entrée du port du Havre)

Bateau à l’entrée du port du Havre, 1903

Entrée du port du Havre et le brise lames ouest, temps gris lumineux 1903

Entrée du port du Havre et brise-lames ouest, soleil, matin, 1903

Entrée du port du Havre et le brise lames ouest, 1903

27 mar 2015

Dostoyevski (el juego y el espectáculo del caballero)

 
Edvard Munch, By the roulette, 1892

Hay dos clases de juego: uno de caballeros; otro, plebeyo, ávido de ganancias, el juego de la canalla. Aquí todo está rigurosamente delimitado, ¡y hasta qué punto es infame esta delimitación! Un caballero, por ejemplo, puede jugarse cinco o diez luises, rara vez más. Puede, también, jugarse incluso mil francos, si es muy rico, pero por el propio juego, por puro entretenimiento, por el placer de observar el proceso de ganancias y pérdidas, pero jamás interesándose por el dinero. Si gana, puede, por ejemplo, reír en voz alta, hacer una observación a alguien que esté cerca, incluso jugar otra vez, doblar la apuesta, pero sólo por curiosidad, para observar las posibilidades, calcular, y no por el deseo plebeyo de ganar. En una palabra, debe ver en todas esas mesas de juego, ruletas, trente et quarante, simples medios de diversión, hechos únicamente para su placer. No debe, siquiera, sospechar la existencia del provecho ni de la trampa, en que se basa la banca. No estaría nada, pero que nada mal si todos los demás jugadores, la chusma que tiembla por unos florines, le parecieran ricos caballeros como él mismo, que jugaran únicamente por entretenerse y pasar el tiempo. Este absoluto desconocimiento de la realidad y esta idea cándida acerca de los hombres resulta, naturalmente, muy aristocrática.

(...) Un auténtico caballero, aunque haya perdido toda su fortuna, no debe exteriorizar sus sentimientos: un caballero tiene que estar por encima del dinero, éste no debe preocuparle. Naturalmente, lo más aristocrático es ignorar toda esta inmundicia, toda esa chusma, todo ese ambiente. Aunque, a veces, resulte no menos aristocrático proceder a la inversa, es decir, observar, con un anteojo, por ejemplo, toda esa canalla; pero a condición de aceptar esa muchedumbre y esa inmundicia como una especie de diversión, como una función destinada a entretener al caballero. Puede uno, incluso, codearse con la chusma, siempre y cuando la mirada denote el absoluto convencimiento de no formar parte de ella. Claro está, tampoco se debe mirar con demasiado detenimiento: no sería digno de un caballero. El espectáculo no merece una mirada detenida. Además, ¡hay pocos espectáculos dignos de la mirada detenida de un caballero!

El jugador, 1866. Ed. Bruguera, 1980. Trad. Victoriano Imbert. pags. 23-26.

26 ene 2015

Nabis

Ker-Xavier Roussel, Édouard Vuillard, Romain Coolus, Félix Vallotton, 1899

Maurice Denis, Hommage à Cézanne (Odilon Redon, Edouard Vuillard, André Mellerio, Ambroise Vollard, Maurice Denis, Paul Sérusier, Paul Ranson, Ker-Xavier Roussel, Pierre Bonnard y Marthe Denis), 1900

Félix Vallotton, Cinq peintres (Vallotton, Bonnard, Vuillard, Cottet, Roussel), 1902-03

25 nov 2014

André Derain (bañistas)

Baigneuses, 1907

 Baigneuses, 1908

Bañistas, 1908

Baigneuses, 1908

Baigneuses, 1908

13 nov 2014

Jean Metzinger (ciclistas)

Le bicycliste, 1912

Coureur cycliste, 1912

Au vélodrome, 1912

Study for Au vélodrome, 1912

18 ago 2014

Las cifras (Don DeLillo)

Jackson Pollock, Number 1A, 1948, 1948

Norteamérica, tanto entonces como luego, era un sanatorio de toda clase de estadísticas. Las cuidábamos. Intentábamos comprenderlas. Hacíamos lo posible porque mejoraran. Las cifras eran importantes, ya que, cualesquiera que fueran los temores que pudiéramos haber tenido con relación al descarrío de nuestras mentes, todos ellos se veìan alejados en gran medida por la satisfacción de saber con exactitud el modo en que estábamos enloqueciendo, a qué nivel de decibelios, a qué mach de velocidad y bajo qué fuerza de arrastre aerodinámico. Así, se producía una locura transferida, un desdoblamiento, entre las propias cifras y aquellos que las creaban y mimaban. Las necesitábamos enormemente, de eso no cabe duda. Mediante las cifras éramos capaces de camuflar nuestras dudas. Las cifras convertían el día presente en algo soportable, servían de heraldo de los sobrecogedores excesos del futuro y almacenaban con sutil y engañosa configuración nuestros recuerdos, por así decirlo, del pasado. Nos convertían a todos en científicos por naturaleza. Reinara la guerra o la paz, nos afanábamos en el recuento de los cuerpos. (...) Mirando atrás, recuerdo cuán importante era para mí el hecho de definir una situación o un periodo de tiempo con tantas cifras como lograba reunir. Se me antojaban los auténticos ayudas de cámara de la claridad. Si hoy me encontrara en mi lecho de muerte y no supiera en qué fecha vivía, probablemente mis células se resistitían a rendirse. Sin un calendario, un cronónmetro o una taza de medidas en la mesilla de noche, me sería imposible saber cómo morir. 

Americana, Don DeLillo, p. 174-175, (1971), Circe, 1999.