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23 mar 2020

Lucrecio (plagas terribles)

Magnus Enckell, Kuoleman vaellus (La marcha de la muerte), 1896 

Ahora voy a explicarte yo la causa
De las enfermedades contagiosas;
De estas plagas terribles, que derraman
Sobre hombres y ganados de repente
La mortandad. Primero enseñé arriba
Que en la atmósfera había una gran copia
De corpúsculos, que unos dan la vida,
Enfermedad y muerte engendran otros:
Cuando da ser Acaso a los postreros
El aire se corrompe y se inficiona:
La enfermedad activa y pestilente
O de clima extranjero es transmitida
Por la vía del aire, como nubes
Y tempestades, o del mismo seno
De la tierra se engendra, cuando han sido
Corrompidos sus húmedos terrones
Con el calor y lluvias desregladas.
¿No observas tú que la mudanza de aire
Y la del agua la salud atacan»
Del hombre que está lejos de su patria?
Porque allí encuentra un aire diferente
Del que ha solido respirar en casa.
¿Por ventura, no encuentras diferencia
Entre la inglesa atmósfera y Egipto,
Por do el eje del mundo se ladea?
¿Y no difieren entre sí los climas
Del Ponto, y el que llega desde Cádiz
Hasta los pueblos negros y tostados?
Como estas cuatro plagas se hallen puestas
A cuatro vientos, como estén situadas
Bajo de cuatro climas diferentes,
En situación tan sólo no difieren,
Sino también en el color y forma
De sus habitadores, y parece
Que están sujetos a distintos morbos.
Es una enfermedad la elefancía
Que nace hacia las márgenes del Nilo,
No en otra parte, en medio del Egipto:
En Ática, las piernas adolecen,
Y los ojos enferman en Acaya,
Y otras tierras atacan otros miembros;
Del aire nacen estas diferencias:
Porque si el aire de extranjero clima
De peligrosa cualidad dotado
Se muda y va viniendo hacia nosotros,
Se arrastra lentamente como nube
Altera y muda todas las regiones
De la atmósfera por donde camina:
Cuando llegó a la nuestra últimamente
La corrompe, y así se la asimila
Y nos la hace contraria: se derrama
Este nuevo contagio y pestilencia
Al punto por las aguas, y se pega
A las mieses y humanos alimentos
Y a la comida pastos de ganados;
O se queda colgado algunas veces
Su contagio en el aire, y no podemos
Respirar este fluido mezclado
Sin sorber su infección al mismo tiempo.
Coge la pestilencia de ordinario
Lo mismo al buey que a la balante oveja:
¿Pués importa que nosotros nos vayamos
A otro clima mal sano y enfermizo
A una atmósfera nueva; que nos traiga
Naturaleza un aire pestilente
Y extranjeros corpúsculos que puedan
Con su pronta irrupción darnos la muerte? 

Unas enfermedades de esta especie,
Causadas por mortíferos vapores,
En los pasados tiempos devastaron
Los campos de los términos Cecropios,
E hicieron los caminos soledades,
Dejaron la ciudad sin pobladores;
Porque naciendo en lo interior de Egipto,
Después de atravesar vastos espacios
De aire y de mar, por último se echaron
Y sobre el pueblo de Pandión cayeron:
Todos los habitantes a millares
Se rendían al morbo y a la muerte:
La enfermedad cogía la cabeza
Con fuego devoraz, y se ponían
Los ojos colorados y encendidos;
Estaba la garganta interiormente
Bañada de un sudor de negra sangre,
Y el canal de la voz se iba cerrando
En fuerza de las úlceras; la lengua,
Intérprete del alma, ensangrentada,
Débil con el dolor, pesada, inmóvil,
Áspera al tacto: cuando descendía
Después aquel humor dañoso al pecho
Desde las fauces, y se recogía
Alrededor del corazón enfermo,
Entonces los apoyos de la vida
A un tiempo vacilaban, y la boca
De adentro un olor fétido exhalaba
Como el de los cadáveres podridos;
Y las fuerzas del alma se perdían,
Y con su languidez tocaba el cuerpo
En los mismos umbrales de la muerte.
Se juntaba a estos males insufribles
Una congoja de inquietud perpetua
Y una queja revuelta con gemidos,
Y sollozar perenne noche y día,
Que sin cesar los nervios irritando,
Envarando los miembros, desatando
Las articulaciones, consumían
A los que sucumbían ya cansados
A la fatiga. Las extremidades
De sus cuerpos no obstante parecían
Estar no muy ardientes, ofreciendo
Tibia impresión al tacto: al mismo tiempo
Estaba colorado todo el cuerpo,
Con úlceras así como inflamadas,
Como si hubiera sido derramado
Fuego de San Antón sobre sus miembros.
Un ardor interior los devoraba
Hasta los mismos huesos, y la llama
En su estómago ardía como hornaza:
La más ligera ropa los ahogaba;
Al aire y frío expuesto de continuo,
Unos a helados ríos se tiraban
A causa de aquel fuego en que se ardían,
En las aguas más frías zabullendo;
Desnudo el cuerpo se arrojaban otros
En hondos pozos; con la boca abierta,
Ansiosos de beber, a ellos venían,
Y su insaciable sed no distinguía
Las aguas abundantes de una gota
Cuando sus cuerpos áridos metían:
Ningún descanso el mal les otorgaba;
Tendido estaba el cuerpo fatigado;
La medicina al lado barbotaba
Con temor silencioso: revolvían
Noches enteras sus ardientes ojos
A un lado y otro sin probar el sueño.
Y muchos otros síntomas mortales
Se notaban también además de éstos:
Alma agitada de temor y pena
Sobrecejo furioso y hosco rostro,
Los oídos inquietos con zumbidos,
Viva respiración, o fuerte y lenta,
Cuello bañado de un sudor brillante,
Poca saliva como azafranada
Y cargada de sal de sus gargantas
Con fuerte tos apenas arrojada.
Se aticiaban los nervios de las manos,
Los miembros tiritaban, y subía
El frío de la muerte poco a poco
Desde los pies al tronco: últimamente,
Al acercarse el tiempo postrimero
Tenían las narices encogidas
Y su punta afilada, ojos hundidos,
Huecas las sienes, la piel fría y ruda,
Los labios abultados, resaltaba
Tirante frente; a poco fallecían:
El sol octavo o nono los veía
Las más veces lanzar su último aliento.
Mas si alguno escapaba de la muerte,
Como a las veces sucedía, en fuerza
De secreciones de úlceras malignas
Y de negros despeños, sin embargo,
La misma podre y muerte le aguardaban,
Aunque más tarde: sangre corrompida
De su nariz corría en abundancia,
Con dolores muy fuertes de cabeza;
Todas las fuerzas, toda la substancia
Del hombre así llegaban a perderse.
Si no salía el mal por las narices,
Y si no ocasionaba esta hemorragia,
Atacaba los nervios, se extendía
El morbo por los miembros, y cogía
Hasta las mismas partes genitales:
Y unos, temiendo la cercana muerte,
Vivían por el hierro mutilados
De su virilidad; privados otros
De manos y de pies, quedaban vivos;
Y perdían, en fin, otros la vista:
Tan poderoso miedo de la muerte
Cogió a estos infelices, y hubo algunos
Que perdieron del todo la memoria
Y aun a sí mismos no se conocían.

   Aunque en tierra yacían insepultos
Montones de cadáveres, las aves
Y voraces cuadrúpedos huían
Su hedor intolerable, y no tardaban,
Si los probaban, en perder la vida:
Las aves, sin embargo, no salían
Impunemente por aquellos días,
Ni dejaban las fieras alimañas
Las selvas por la noche; casi todas
Sucumbían al morbo y fenecían:
Principalmente los leales perros
En medio de las calles extendidos
Enfermos daban el postrer aliento,
Que arrancaba el contagio de sus miembros.
Precipitadamente arrebataban
Sin pompa los cadáveres: no había
Allí un seguro y general remedio:
La pócima que había prolongado
La vida a unos, a otros daba muerte.

  Pero allí lo más triste y deplorable
Era que algunos de estos infelices
Que se veían presa del contagio
Se despechaban como criminales
Condenados a muerte, se abatían,
Veían siempre a par de sí la muerte,
Y en medio de terrores perecían.
Multiplicaba empero las exequias
Principalmente el ávido contagio,
Que no cesaba ni un instante solo
De irse comunicando de uno en otro;
Porque aquéllos que huían las visitas
De dolientes amigos por codicia
De la vida o por miedo de la muerte,
Víctimas insensibles perecían
Dentro de poco tiempo, abandonados,
Necesitados y menesterosos,
Como lanar ganado y como bueyes:
Mas los que no temían presentarse
Al contagio y fatiga se rendían,
Viendo que el pundonor y tiernas quejas
De amigos moribundos precisaban
Entonces a llenar estos deberes.
Porque el más virtuoso ciudadano
Acababa la vida con tal muerte:
Y después de enterrar la muchedumbre
De sus prendas más caras, se volvían,
Fatigados de llantos y gemidos,
A encamarse, muriendo de tristeza:
Por fin, en estos tiempos de desastre
Muertos o moribundos, o infelices
Que los lloraban, sólo se veían.
Además, ya pastores y vaqueros
Y el fuerte conductor del corvo arado
Enfermaban también, y los buscaba
La contagión dentro de sus cabañas,
Y allí los daban muerte inevitable
La pobreza y el morbo: se velan
A veces los cadáveres tendidos
De los padres encima de los hijos,
Y los hijuelos el postrer aliento
Sobre padres y madres exhalaban.
El contagio en gran parte provenía
De la gente del campo, que a millares
A la ciudad enfermos acudían:
Todos los sitios públicos y casas
Estaban llenos; por lo mismo entonces
Con más facilidad amontonaba
Apiñados cadáveres la muerte.
Muchos de sed morían en las calles;
Y después de haber otros arrastrado
Hacia las fuentes públicas sus cuerpos,
Sin vida allí quedaban extendidos,
Ahogados al sentir la gran dulzura
Que les causaba el agua que bebían:
Y las calles estaban ocupadas
De unos lánguidos cuerpos medio muertos
Hediondos y sucios y andrajosos,
Cuyos miembros podridos se caían:
La piel sola tenían sobre el hueso,
En la que ya las úlceras y podre
Habían producido el mismo efecto
Que hace la sepultura en el cadáver.
La muerte, en fin, llenó de cuerpos muertos
Todos los templos santos de los dioses,
Y estaban de cadáveres sembrados
Todos los edificios de deidades;
Los hicieron posadas de finados
Los sacristanes: importaba poco
La religión ya entonces y los dioses,
Porque el dolor presente era excesivo.
Y se olvidó este pueblo en sus entierros
De aquellas ceremonias tan antiguas
Que en sacros funerales se observaban:
Andaba todo él sobresaltado,
Y en este general abatimiento
Cada cual enterraba a quien podía:
Y la necesidad y la indigencia
Horrorosas violencias inspiraron;
Porque algunos gritando colocaban
A sus parientes en la pira ajena,
Y poniéndola fuego por debajo,
Con mucha sangre a veces pendenciaban
Antes que los cadáveres soltasen.


Tito Lucrecio Caro, De la naturaleza de las cosas, Libro VI (Trad. José Marchena)

17 jul 2017

27 may 2016

Mortality data

Causas de fallecimientos por edad en mujeres, basadas en datos de mortalidad del CDC desde 2005 a 2014, en EEUU

Causas de fallecimientos por edad en hombres, basadas en datos de mortalidad del CDC desde 2005 a 2014, en EEUU

29 abr 2015

Didi-Huberman (Warburg y los sellos)

Oscar Roty, La sembradora, 1887

Warburg ha sido el único gran historiador del arte realmente interesado en los sellos postales. (...) Porque el sello postal manifestaba ejemplarmente, a sus ojos, al menos dos de las grandes potencias antropológicas que se esforzaba por exhumar en la historia de las imágenes: la migración en el espacio (Wanderung) asociada a la función primera, postal, de los sellos en tanto imágenes "pasa-fronteras"; y la migración en el tiempo (Nachleben) que le permitía ver en la "Sembradora" de los sellos franceses contemporáneos una supervivencia de las "Victorias" grabadas en bajorrelieve en las medallas antiguas.

Georges Didi-Huberman, Conmemorar en la cuerda floja, (p. 73), En la cuerda floja, Ed. Shangrila textos aparte, 2015. Trads. Mariel Manrique y Hernán Marturet.

27 mar 2015

Dostoyevski (el juego y el espectáculo del caballero)

 
Edvard Munch, By the roulette, 1892

Hay dos clases de juego: uno de caballeros; otro, plebeyo, ávido de ganancias, el juego de la canalla. Aquí todo está rigurosamente delimitado, ¡y hasta qué punto es infame esta delimitación! Un caballero, por ejemplo, puede jugarse cinco o diez luises, rara vez más. Puede, también, jugarse incluso mil francos, si es muy rico, pero por el propio juego, por puro entretenimiento, por el placer de observar el proceso de ganancias y pérdidas, pero jamás interesándose por el dinero. Si gana, puede, por ejemplo, reír en voz alta, hacer una observación a alguien que esté cerca, incluso jugar otra vez, doblar la apuesta, pero sólo por curiosidad, para observar las posibilidades, calcular, y no por el deseo plebeyo de ganar. En una palabra, debe ver en todas esas mesas de juego, ruletas, trente et quarante, simples medios de diversión, hechos únicamente para su placer. No debe, siquiera, sospechar la existencia del provecho ni de la trampa, en que se basa la banca. No estaría nada, pero que nada mal si todos los demás jugadores, la chusma que tiembla por unos florines, le parecieran ricos caballeros como él mismo, que jugaran únicamente por entretenerse y pasar el tiempo. Este absoluto desconocimiento de la realidad y esta idea cándida acerca de los hombres resulta, naturalmente, muy aristocrática.

(...) Un auténtico caballero, aunque haya perdido toda su fortuna, no debe exteriorizar sus sentimientos: un caballero tiene que estar por encima del dinero, éste no debe preocuparle. Naturalmente, lo más aristocrático es ignorar toda esta inmundicia, toda esa chusma, todo ese ambiente. Aunque, a veces, resulte no menos aristocrático proceder a la inversa, es decir, observar, con un anteojo, por ejemplo, toda esa canalla; pero a condición de aceptar esa muchedumbre y esa inmundicia como una especie de diversión, como una función destinada a entretener al caballero. Puede uno, incluso, codearse con la chusma, siempre y cuando la mirada denote el absoluto convencimiento de no formar parte de ella. Claro está, tampoco se debe mirar con demasiado detenimiento: no sería digno de un caballero. El espectáculo no merece una mirada detenida. Además, ¡hay pocos espectáculos dignos de la mirada detenida de un caballero!

El jugador, 1866. Ed. Bruguera, 1980. Trad. Victoriano Imbert. pags. 23-26.

22 feb 2015

Laura Corcuera y Mónica Cofiño (Excreta)

Ensayo para 'Excreta', Monumento a la Constitución de 1978, de Miguel Ángel Ruiz-Larrea, Museo Nacional de Ciencias Naturales, Madrid, febrero 2015

29 oct 2014

Agamben (vida cotidiana y experiencia)

Edward Hopper, Early sunday morning, 1930
 
Sabemos hoy que para destruir la experiencia no hay necesidad de una catástrofe: la vida cotidiana en una gran ciudad basta perfectamente, en tiempo de paz, para garantizar este resultado. En efecto, en la jornada de un hombre contemporáneo no hay casi nada que pueda traducirse en experiencia: ni la lectura del periódico, tan rica en noticias irremediablemente ajenas al lector mismo al que conciernen; ni el tiempo pasado en embotellamientos al volante de un coche; ni la travesía de los infiernos en que se hunden los ramales del metro; ni los manifestantes que de repente ocupan toda la calle; ni la nube de los gases lacrimógenos que se disipa lentamente por entre los inmuebles del centro urbano; ni tampoco las ráfagas de armas automáticas que estallan no se sabe dónde: ni la cola ante las ventanillas de la administración; ni la visita al supermercado, ese nuevo país de Cucaña; ni los instantes de eternidad pasados con desconocidos, en el ascensor o en el autobús, en una promiscuidad muda. El hombre moderno vuelve a su casa al atardecer cansado por un cúmulo de acontecimientos -divertidos o aburridos, insólitos u ordinarios, agradables o atroces- sin que ninguno de ellos se haya mutado en experiencia.

Es esta imposibilidad de traducirse en experiencia lo que hace insoportable, más de lo que nunca ha sido, nuestra vida cotidiana, y no una supuesta mala calidad o insignificancia de la vida contemporánea respecto a la del pasado (al contrario, quizás la existencia cotidiana nunca fue más rica en acontecimientos significativos). […] La visita a un museo o a un lugar de peregrinación turística resulta particularmente instructiva a este respecto. Ante las más grandes maravillas de la tierra (pongamos, por ejemplo, el Patio de los Leones de la Alhambra), una aplastante mayoría de nuestros contemporáneos rehúsa la experiencia: prefiere dejar este cuidado a la cámara fotográfica. No se trata, en absoluto, de deplorar tal actitud, sino de levantar acta de la misma.

Infancia e historia. Destrucción de la experiencia y origen de la historia, Giorgio Agamben, Adriana Hidalgo Editora, 2011 (p. 8 y 10).

20 jul 2014

Dostoyevski (la forma alemana de acumulación de riqueza)

Otto Dix, Bildnis der Eltern I, 1921 

- Prefiero pasarme toda la vida como un nómada, en una tienda de kirguises -exclamé-, que adorar al ídolo alemán.
- ¿A qué ídolo? -gritó el general, que ya empezaba a enfadarse de verdad.
- A la forma alemana de acumulación de riqueza. Llevo poco tiempo aquí, pero lo que he podido observar y comprobar exaspera mi naturaleza tártara. ¡No quiero saber nada de semejantes virtudes! Ayer tuve tiempo de dar una vuelta por los alrededores. Todo exactamente como en esos libros moralizantes alemanes con ilustraciones: en cada casa está el Vater, tan virtuoso y tan honesto. Da hasta miedo acercarse a él de puro honrado que es. No soporto a las gentes honradas, a las que da miedo acercarse. Todo Vater tiene su familia, y por las tardes leen juntos en voz alta libros edificantes. De fuera llega el rumor de los castaños y los olmos. El sol se pone, en el tejado hay una cigüeña y todo resulta tan poético y tan conmovedor... No se enfade general, déjeme que se lo cuente de forma aún más conmovedora. Yo mismo recuerdo cómo mi difunto padre nos leía por las tardes, bajo los tilos, libros semejantes, a mi madre y a mí... Ya ve usted que puedo hablar de esto con conocimiento de causa. Aquí, una familia así vive en la más absoluta esclavitud y obediencia al Vater. Todos trabajan como bueyes y ahorran dinero como judíos. Supongamos que el Vater ha ahorrado unos florines y cuenta con el primogénito para transmitirle su oficio o tierras. Para eso, no se da dote a las hijas y éstas se quedan solteras. Para eso, se vende al hijo menor como criado o como soldado, y el dinero se une al capital familiar. Créanme, esto aquí se hace: me he informado bien. Y se hace por honradez, por honradez redoblada, hasta el punto de que el hijo menor cree que lo han vendido por honradez. Y eso ya es el ideal, cuando la propia víctima es feliz de que la inmolen. Y, luego, ¿qué? Que también el primogénito pasa lo suyo: tiene a su Amalchen, a la que se siente sentimentalmente unido, pero con la que no puede casarse porque no han ahorrado bastantes florines. También esperan, virtuosos y sinceros, y van a la inmolación con una sonrida en los labios. Las mejillas de Amalchen se hunden. Ella se marchita. Pero pasan veinte años y los bienes se han multiplicado: ya han ahorrado bastantes florines honesta y virtuosamente. El Vater bendice al hijo cuarentón y a la Amalchen de treinta y cinco años, de pecho seco y nariz colorada... y el Vater llora, les echa un sermón y muere. El primogénito se convierte a su vez en un Vater virtuoso y la historia se repite. A los cincuenta o setenta años, el nieto del primer Vater ya ha acumulado un capital considerable y se lo transmite a su hijo, y éste, al suyo. Y a la quinta o sexta generación aparece el mismísimo barón Rothschild, o Hoppe y Compañía, ¡o el diablo sabe el qué! ¡Qué espectáculo tan grandioso: el trabajo heredado de generación en generación durante cien o doscientos años de paciencia, inteligencia, honradez, carácter, firmeza, cálculo y una cigüeña en el tejado! ¿Qué más quiere usted? Nada más sublime, y desde su altura ellos mismos empiezan a juzgar al mundo y a castigar a los culpables, es decir, a todos los que no sean completamente iguales a ellos.

El jugador, 1866. Ed. Bruguera, 1980. Trad. Victoriano Imbert. pags. 44-46.

5 may 2014

Mapas del infierno dantesco II

C.W. Scott-Giles (Penguin classics), 1949

 Barry Moser (Bantham classics), 1980

Daniel Heald & David Carroll (Tabula rasa), 1994

McCulloch, 2000

 Seymour Chawst (The New York Times Book Review), 2001


Ryan Flynn, 2011

Lyuaya Durasova, Nedezhde Avdeeva, Antoniya Gapotchenka