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23 mar 2020

Lucrecio (plagas terribles)

Magnus Enckell, Kuoleman vaellus (La marcha de la muerte), 1896 

Ahora voy a explicarte yo la causa
De las enfermedades contagiosas;
De estas plagas terribles, que derraman
Sobre hombres y ganados de repente
La mortandad. Primero enseñé arriba
Que en la atmósfera había una gran copia
De corpúsculos, que unos dan la vida,
Enfermedad y muerte engendran otros:
Cuando da ser Acaso a los postreros
El aire se corrompe y se inficiona:
La enfermedad activa y pestilente
O de clima extranjero es transmitida
Por la vía del aire, como nubes
Y tempestades, o del mismo seno
De la tierra se engendra, cuando han sido
Corrompidos sus húmedos terrones
Con el calor y lluvias desregladas.
¿No observas tú que la mudanza de aire
Y la del agua la salud atacan»
Del hombre que está lejos de su patria?
Porque allí encuentra un aire diferente
Del que ha solido respirar en casa.
¿Por ventura, no encuentras diferencia
Entre la inglesa atmósfera y Egipto,
Por do el eje del mundo se ladea?
¿Y no difieren entre sí los climas
Del Ponto, y el que llega desde Cádiz
Hasta los pueblos negros y tostados?
Como estas cuatro plagas se hallen puestas
A cuatro vientos, como estén situadas
Bajo de cuatro climas diferentes,
En situación tan sólo no difieren,
Sino también en el color y forma
De sus habitadores, y parece
Que están sujetos a distintos morbos.
Es una enfermedad la elefancía
Que nace hacia las márgenes del Nilo,
No en otra parte, en medio del Egipto:
En Ática, las piernas adolecen,
Y los ojos enferman en Acaya,
Y otras tierras atacan otros miembros;
Del aire nacen estas diferencias:
Porque si el aire de extranjero clima
De peligrosa cualidad dotado
Se muda y va viniendo hacia nosotros,
Se arrastra lentamente como nube
Altera y muda todas las regiones
De la atmósfera por donde camina:
Cuando llegó a la nuestra últimamente
La corrompe, y así se la asimila
Y nos la hace contraria: se derrama
Este nuevo contagio y pestilencia
Al punto por las aguas, y se pega
A las mieses y humanos alimentos
Y a la comida pastos de ganados;
O se queda colgado algunas veces
Su contagio en el aire, y no podemos
Respirar este fluido mezclado
Sin sorber su infección al mismo tiempo.
Coge la pestilencia de ordinario
Lo mismo al buey que a la balante oveja:
¿Pués importa que nosotros nos vayamos
A otro clima mal sano y enfermizo
A una atmósfera nueva; que nos traiga
Naturaleza un aire pestilente
Y extranjeros corpúsculos que puedan
Con su pronta irrupción darnos la muerte? 

Unas enfermedades de esta especie,
Causadas por mortíferos vapores,
En los pasados tiempos devastaron
Los campos de los términos Cecropios,
E hicieron los caminos soledades,
Dejaron la ciudad sin pobladores;
Porque naciendo en lo interior de Egipto,
Después de atravesar vastos espacios
De aire y de mar, por último se echaron
Y sobre el pueblo de Pandión cayeron:
Todos los habitantes a millares
Se rendían al morbo y a la muerte:
La enfermedad cogía la cabeza
Con fuego devoraz, y se ponían
Los ojos colorados y encendidos;
Estaba la garganta interiormente
Bañada de un sudor de negra sangre,
Y el canal de la voz se iba cerrando
En fuerza de las úlceras; la lengua,
Intérprete del alma, ensangrentada,
Débil con el dolor, pesada, inmóvil,
Áspera al tacto: cuando descendía
Después aquel humor dañoso al pecho
Desde las fauces, y se recogía
Alrededor del corazón enfermo,
Entonces los apoyos de la vida
A un tiempo vacilaban, y la boca
De adentro un olor fétido exhalaba
Como el de los cadáveres podridos;
Y las fuerzas del alma se perdían,
Y con su languidez tocaba el cuerpo
En los mismos umbrales de la muerte.
Se juntaba a estos males insufribles
Una congoja de inquietud perpetua
Y una queja revuelta con gemidos,
Y sollozar perenne noche y día,
Que sin cesar los nervios irritando,
Envarando los miembros, desatando
Las articulaciones, consumían
A los que sucumbían ya cansados
A la fatiga. Las extremidades
De sus cuerpos no obstante parecían
Estar no muy ardientes, ofreciendo
Tibia impresión al tacto: al mismo tiempo
Estaba colorado todo el cuerpo,
Con úlceras así como inflamadas,
Como si hubiera sido derramado
Fuego de San Antón sobre sus miembros.
Un ardor interior los devoraba
Hasta los mismos huesos, y la llama
En su estómago ardía como hornaza:
La más ligera ropa los ahogaba;
Al aire y frío expuesto de continuo,
Unos a helados ríos se tiraban
A causa de aquel fuego en que se ardían,
En las aguas más frías zabullendo;
Desnudo el cuerpo se arrojaban otros
En hondos pozos; con la boca abierta,
Ansiosos de beber, a ellos venían,
Y su insaciable sed no distinguía
Las aguas abundantes de una gota
Cuando sus cuerpos áridos metían:
Ningún descanso el mal les otorgaba;
Tendido estaba el cuerpo fatigado;
La medicina al lado barbotaba
Con temor silencioso: revolvían
Noches enteras sus ardientes ojos
A un lado y otro sin probar el sueño.
Y muchos otros síntomas mortales
Se notaban también además de éstos:
Alma agitada de temor y pena
Sobrecejo furioso y hosco rostro,
Los oídos inquietos con zumbidos,
Viva respiración, o fuerte y lenta,
Cuello bañado de un sudor brillante,
Poca saliva como azafranada
Y cargada de sal de sus gargantas
Con fuerte tos apenas arrojada.
Se aticiaban los nervios de las manos,
Los miembros tiritaban, y subía
El frío de la muerte poco a poco
Desde los pies al tronco: últimamente,
Al acercarse el tiempo postrimero
Tenían las narices encogidas
Y su punta afilada, ojos hundidos,
Huecas las sienes, la piel fría y ruda,
Los labios abultados, resaltaba
Tirante frente; a poco fallecían:
El sol octavo o nono los veía
Las más veces lanzar su último aliento.
Mas si alguno escapaba de la muerte,
Como a las veces sucedía, en fuerza
De secreciones de úlceras malignas
Y de negros despeños, sin embargo,
La misma podre y muerte le aguardaban,
Aunque más tarde: sangre corrompida
De su nariz corría en abundancia,
Con dolores muy fuertes de cabeza;
Todas las fuerzas, toda la substancia
Del hombre así llegaban a perderse.
Si no salía el mal por las narices,
Y si no ocasionaba esta hemorragia,
Atacaba los nervios, se extendía
El morbo por los miembros, y cogía
Hasta las mismas partes genitales:
Y unos, temiendo la cercana muerte,
Vivían por el hierro mutilados
De su virilidad; privados otros
De manos y de pies, quedaban vivos;
Y perdían, en fin, otros la vista:
Tan poderoso miedo de la muerte
Cogió a estos infelices, y hubo algunos
Que perdieron del todo la memoria
Y aun a sí mismos no se conocían.

   Aunque en tierra yacían insepultos
Montones de cadáveres, las aves
Y voraces cuadrúpedos huían
Su hedor intolerable, y no tardaban,
Si los probaban, en perder la vida:
Las aves, sin embargo, no salían
Impunemente por aquellos días,
Ni dejaban las fieras alimañas
Las selvas por la noche; casi todas
Sucumbían al morbo y fenecían:
Principalmente los leales perros
En medio de las calles extendidos
Enfermos daban el postrer aliento,
Que arrancaba el contagio de sus miembros.
Precipitadamente arrebataban
Sin pompa los cadáveres: no había
Allí un seguro y general remedio:
La pócima que había prolongado
La vida a unos, a otros daba muerte.

  Pero allí lo más triste y deplorable
Era que algunos de estos infelices
Que se veían presa del contagio
Se despechaban como criminales
Condenados a muerte, se abatían,
Veían siempre a par de sí la muerte,
Y en medio de terrores perecían.
Multiplicaba empero las exequias
Principalmente el ávido contagio,
Que no cesaba ni un instante solo
De irse comunicando de uno en otro;
Porque aquéllos que huían las visitas
De dolientes amigos por codicia
De la vida o por miedo de la muerte,
Víctimas insensibles perecían
Dentro de poco tiempo, abandonados,
Necesitados y menesterosos,
Como lanar ganado y como bueyes:
Mas los que no temían presentarse
Al contagio y fatiga se rendían,
Viendo que el pundonor y tiernas quejas
De amigos moribundos precisaban
Entonces a llenar estos deberes.
Porque el más virtuoso ciudadano
Acababa la vida con tal muerte:
Y después de enterrar la muchedumbre
De sus prendas más caras, se volvían,
Fatigados de llantos y gemidos,
A encamarse, muriendo de tristeza:
Por fin, en estos tiempos de desastre
Muertos o moribundos, o infelices
Que los lloraban, sólo se veían.
Además, ya pastores y vaqueros
Y el fuerte conductor del corvo arado
Enfermaban también, y los buscaba
La contagión dentro de sus cabañas,
Y allí los daban muerte inevitable
La pobreza y el morbo: se velan
A veces los cadáveres tendidos
De los padres encima de los hijos,
Y los hijuelos el postrer aliento
Sobre padres y madres exhalaban.
El contagio en gran parte provenía
De la gente del campo, que a millares
A la ciudad enfermos acudían:
Todos los sitios públicos y casas
Estaban llenos; por lo mismo entonces
Con más facilidad amontonaba
Apiñados cadáveres la muerte.
Muchos de sed morían en las calles;
Y después de haber otros arrastrado
Hacia las fuentes públicas sus cuerpos,
Sin vida allí quedaban extendidos,
Ahogados al sentir la gran dulzura
Que les causaba el agua que bebían:
Y las calles estaban ocupadas
De unos lánguidos cuerpos medio muertos
Hediondos y sucios y andrajosos,
Cuyos miembros podridos se caían:
La piel sola tenían sobre el hueso,
En la que ya las úlceras y podre
Habían producido el mismo efecto
Que hace la sepultura en el cadáver.
La muerte, en fin, llenó de cuerpos muertos
Todos los templos santos de los dioses,
Y estaban de cadáveres sembrados
Todos los edificios de deidades;
Los hicieron posadas de finados
Los sacristanes: importaba poco
La religión ya entonces y los dioses,
Porque el dolor presente era excesivo.
Y se olvidó este pueblo en sus entierros
De aquellas ceremonias tan antiguas
Que en sacros funerales se observaban:
Andaba todo él sobresaltado,
Y en este general abatimiento
Cada cual enterraba a quien podía:
Y la necesidad y la indigencia
Horrorosas violencias inspiraron;
Porque algunos gritando colocaban
A sus parientes en la pira ajena,
Y poniéndola fuego por debajo,
Con mucha sangre a veces pendenciaban
Antes que los cadáveres soltasen.


Tito Lucrecio Caro, De la naturaleza de las cosas, Libro VI (Trad. José Marchena)

11 dic 2019

Thomas Mann (conocimiento imperfecto)

Andrzej Wróblewski, Kolejka wciąż trwa, 1956

Nada hay más extraño ni más delicado que la relación entre personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran y se observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, ya sea por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y a no intercambiar saludo ni palabra alguna. Entre ellas va surgiendo una curiosidad sobreexcitada e inquieta, la histeria resultante de una necesidad de conocimiento y comunicación insatisfecha y anormalmente reprimida, y, sobre todo, una especie de tenso respeto. Pues el hombre ama y respeta al hombre mientras no se halle en condiciones de juzgarlo, y el deseo vehemente es el resultado de un conocimiento imperfecto.

Thomas Mann, La muerte en Venecia, Ed. Edhasa, pág. 95 (Trad. Juan del Solar)

30 jun 2017

Byung-Chul Han (la explotación de uno mismo)

Otto Griebel, Materialmenschen, 1923
 
El sujeto de hoy es un empresario de sí mismo que se explota a sí mismo. El sujeto explotador de sí mismo se instala en un campo de trabajo en el que es al mismo tiempo víctima y verdugo. En cuanto sujeto que se ilumina y vigila a sí mismo, está aislado en un panóptico en el que es simultáneamente recluso y guardián. El sujeto en red, digitalizado, es un panóptico de sí mismo. Así pues, se delega a cada uno la vigilancia.
Byung-Chul Han, Psicopolítica, Ed. Herder, pág. 93 (Trad. Alfredo Bergés)

12 abr 2017

Cranach (antes y después de la reforma luterana)

Lucas Cranach el viejo, Lamentación bajo la cruz, 1503

Uno de los desarrollos más notables asociados con la creacion de las imagenes luteranas a raíz de la iconoclasia es la sistemática atenuación y destrucción del naturalismo tardomedieval. Si las imágenes no debían ser destruidas, como decía Lutero, los reformadores más conservadores sobre este tema defendían al menos que éstas debían reconocer su condición de pertenencia a un sistema de significación que no guardara relación alguna con lo real. (...) Si la salvación se alcanzaría solo mediante la fe, entonces las imágenes debían romper su dependencia de la percepción. (...) En la obra posterior a la Reforma, el sacrificio de Cristo sufre una transformación: de la narrativa a la alegoría, de la historia al símbolo y de la figuración a la abstracción. En lugar de registrar un evento de la vida de Cristo, al espectador se le ofrece una explicación de su significado dentro de un esquema de salvación. Debido a la lucha doctrinal acerca de cómo debía alcanzarse la redención, la narrativa queda subordinada a la exposición teológica. (...) La pintura luterana evita el modelado en luces y sombras y cualquier otro efecto pictórico que pudiese sugerir que su superficie tiene más de dos dimensiones. (...) El naturalismo tardomedieval hace que la experiencia de la imagen sea vívida y memorable. En la primera pintura se le pide al espectador que se relacione fenomenológicamente con el evento, como si pudiese en realidad ser parte de su configuración espacial; en la otra, la Crucifixión se reduce a una semiótica de la imagen, a fin de transmitir el significado de una compleja alegoría.

Keith Moxey, El tiempo de lo visual (p. 193-197), Ed. Sans soleil, 2015. Trad. Ander Gondra Aguirre.

Lucas Cranach el viejo y el joven, Tríptico Crucifixión con la alegoría de la Redención, 1555

16 feb 2017

Robert Walser (Jakob von Gunten II)


De Kraus tendré que hablar muchísimo. Es el más honesto y hábil de todos nosotros, los alumnos, y la honestidad y habilidad son ámbitos realmente inagotables e inconmensurables. Nada logra conmover tanto como oler y ver algo bueno y honesto. Las sensaciones de maldad y de bajeza se agotan muy pronto, pero percibir algo noble y honrado es muy difícil y a la vez muy atrayente. No, los vicios me interesan mucho, pero mucho menos que las virtudes.

Robert Walser, Jakob von Gunten (Pags. 27 y 28), Ed. Alfaguara, 1983. Trad. Juan J. del Solar.

31 dic 2016

Dino Buzzati (sufrimiento y soledad)

Dino Buzzati, Piazza del Duomo di Milano, 1952

Poco a poco la confianza se debilitaba. Es difícil creer en algo cuando uno está solo y no puede hablar de ello con nadie. Precisamente en esa época Drogo se dio cuenta de que los hombres, por mucho que se quisieran, siempre permanecen alejados; si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca la soledad en la vida.

A poco a poco la fiducia si affievoliva. Difficile è credere in una cosa quando si è soli, e non se ne può parlare con alcuno. Proprio in quel tempo Drogo si accorse come gli uomini, per quanto possano volersi bene, rimangono sempre lontani; che se uno soffre il dolore è completamente suo, nessun altro può prenderne su di sé una minima parte; che se uno soffre, gli altri per questo non sentono male, anche se l'amore è grande, e questo provoca la solitudine della vita.

Dino Buzzati, El desierto de los tártaros. Alianza Editorial, p. 209. Trad. Esther Benítez.

11 nov 2016

Drieu La Rochelle (suicidio)


"Je me tue parce que vous ne m'avez pas aimé, parce que je ne vous ai pas aimés. Je me tue parce que nos rapports furent lâches, pour resserrer nos rapports. Je laisserai sur vous une tache indélébile. Je sais bien qu'on vit mieux mort que vivant dans la mémoire de ses amis. Vous ne pensiez pas à moi, eh bien, vous ne m'oublierez jamais!".

Me mato porque no me habéis querido, porque yo no os he querido. Me mato porque nuestras relaciones fueron cobardes, para estrechar nuestros lazos. Dejaré sobre vosotros una mancha indeleble. Sé bien que se vive mejor muerto que vivo en la memoria de los amigos. No pensabais en mi, pues bien, ¡no me olvidaréis jamás!

Pierre Drieu La Rochelle, Le feu follet, 1931.

21 ago 2016

Byung-Chul Han (la técnica del poder neoliberal)

Diego Rivera, Detroit industry mural (detalle) 1932-33

El sujeto de rendimiento neoliberal, ese «empresario de sí mismo, se explota de forma voluntaria y apasionada. El yo como obra de arte es una apariencia hermosa, engañosa, que el régimen neoliberal mantiene para poderlo explotar totalmente.

La técnica del poder del régimen neoliberal adopta una forma sutil. No se apodera directamente del individuo. Por el contrario, se ocupa de que el individuo actúe de tal modo que reproduzca por sí mismo el entramado de dominación que es interpretado por él como libertad. La propia optimización y el sometimiento, la libertad y la explotación coinciden aquí plenamente. A Foucault se le oculta totalmente la técnica de poder que genera la convergencia entre libertad y explotación en la forma de autoexplotación.

Byung-Chul Han, Psicopolítica, Ed. Herder, págs. 45-46 (Trad. Alfredo Bergés)

17 mar 2016

El club (poema de Sandokán)

El club, guion Pablo Larraín, Guillermo Calderón y Daniel Villalobos

Corazón de porcelana,
quien te quiere quien te ama,
Sandokán se llama
del cielo cayó una rosa
del viento la deshojó
y en cada pétalo dicía
Sandokán me llamo yo
naranja china
limón francé
dame un besito
que tengo sed

[…]
  yo lo vi llegal en el auto negro
¿por qué no salen a conversar conmigo?
¿por qué no vienen a conversar conmigo?
¿ah?
¿por qué no viene a conversar conmigo, curita Matía Lazcano?
cuando lo curita lo recogían
cuando lo recogían del hogal
pa la involucración de la palabra de Dio
decía el sermón del Jesusito
de la Biblia
cuando lo curita lo acogían
cuando yo tenía que servir de lacayo ahí
y teníamo que servile el cáliz
y en general todos los curitas que se tocaban los genitales
deben haber sido como tres lo curita que se tocaban los genitales
de ahí se procedía a la masturbación
automasturbación
que ellos mismos se hacían con la base del prepucio
claramente se veía cuando el prepucio
siba patrá padelante
patrá padelante
hasta que llegaba la eyaculación
depué lo hacían la cosa sexual
lo penetraban analmente
y luego acabaan en la cara

[…]
 usté está allá adentro, curita Matías Lazcano,
¿te acuerda cuando me acababa en la cara
y después me hacías orar el Padre Nuestro y me decía: ¡eso no es oral, guacho culiao!
¡esto es sexo oral! y me metía el pene en la boca
y era un pene grande así
y como yo era niño a mí a vece la abertura de la boquita me dolía
porque la abertura, como yo era niño, no me daba para el tamaño del pene del curita
pero igual me acababa
y me obligaba a mi a vece me daban gómitos con la parte del semen
¡a mí me daban gómito con la parte del semen!
porque el curita despué me daba las pastillas de mentol
y así el semen no se siente tan escuálido
tan estraño
tan salao
se sentían terrible suave
lo curita 

después el curita me decía:
“mire, usté todo lo que ve alrededor, es obra de Dios”
y yo le decía al curita
[…]
y se come el prepucio
[…] 

nos llevaan al baño
y entonces meábamos el pene

y entonces volvíamos a hacer el amor
volvíamos a comer a burgel king, la cajita feliz y volvíamos a la bici y los volvían a hacel el amol
soy tu hijo decían y tómate la cabecita el glande
y échalo rápidito patlás y se come
y se traga ese líquido seminal
vital
que va al final
a meterse por todo su organismo, hijo mío,
porque usté es un enviado del señor
"toy tocado por el señor"
"toy tocado por el señor"
así me decía.

29 feb 2016

Thoreau (muebles)

Adriaen Coorte, Five shells on slab of stone, 1696

La mayoría de hombres no parecen haber parado mientes jamás en qué significa una casa, y viven pobremente toda su vida, innecesariamente, porque creen su deber el hacerse con una como la del vecino. (...) Cuando pienso en los benefactores de la raza, a quienes apoteósicamente hemos ensalzado como mensajeros del cielo portadores de divinos presentes, no puedo imaginármelos con séquito alguno ni impedimenta de muebles a la moda. Y puestos a conceder -que no sería poco-, ¡que nuestros muebles fueran tanto más complejos que los del árabe como mayores nuestras facultades morales e intelectuales con respecto a las suyas! Ahora nuestros hogares aparecen abarrotados de ellos, y una buena ama de casa barrería la mayor parte con la basura y aún le quedaría faena matinal por hacer. ¡Faena matinal! ¡Por los arreboles de Aurora y la música de Memnon, ¿cuál debería ser el trabajo matutino del hombre en este mundo?! Yo tenía tres pedazos de piedra caliza sobre el escritorio y con gusto me libré de ellos al ver, espantado, que era necesario quitarles el polvo cada mañana, cuando el mobiliario de mi mente no se había desprovisto aún del suyo. ¿Cómo iba yo a tener, pues, una casa amueblada? Preferiría sentarme al aire libre porque en la hierba no se forma polvo, salvo donde el hombre ha desnudado al suelo de ella.

Henry D. Thoreau, Walden. Ed. Juventud, págs. 56-57. Trad. Carlos Sánchez Rodrigo

19 feb 2016

Hardt y Negri (el pobre)

Puvis de Chavannes, Le pauvre pêcheur, 1887

En todos y cada uno de los períodos históricos, es posible identificar, a veces negativamente, pero invariablemente de manera apremiante, a un sujeto social que está siempre presente, es en todas partes el mismo y siempre lleva una forma común de vida. Esta forma no es la de los poderosos y los ricos: éstos son cifras meramente parciales y localizadas, quantitate signatae. El único «nombre común» no localizado de diferencia pura en todas las épocas es el de los pobres. El pobre está desamparado, excluido, se lo reprime y explota. ¡Y aún así vive! El común denominador de la vida, la base de la multitud. Es extraño, pero también esclarecedor, que los autores posmodernos rara vez adopten esta figura en sus teorizaciones. Es extraño porque el pobre es, en cierto sentido, una eterna figura posmoderna: la figura de un sujeto móvil, transversal, omnipresente y diferente; el testamento del carácter incontrolable y aleatorio de la existencia.

Este nombre común, el pobre, es también el fundamento de toda posibilidad de humanidad. Como lo señalaba Nicolás Maquiavelo, en el «retorno a los comienzos» que caracteriza la fase revolucionaria de las religiones y las ideologías de la modernidad, siempre se ve al pobre como a alguien que tiene una capacidad profética: el pobre no solo está en el mundo, sino que es la posibilidad misma del mundo. Solo el pobre vive radicalmente el ser presente y real, en la indigencia y el sufrimiento, y por ello solo el pobre tiene la capacidad de renovar el ser. La divinidad de la multitud, de los pobres, no apunta a ninguna trascendencia. Por el contrario, aquí y solo aquí, en este mundo, en la existencia de los pobres queda presentado, confirmado, consolidado y abierto el campo de la inmanencia. El pobre es Dios en la tierra.

Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Ed. Paidós, págs. 176-177. Trad. Alcira Bixio

14 ene 2016

Robert Walser (Jakob von Gunten)

Institute Benjamenta (Stephen y Timothy Quay, 1996)

Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y, nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito. Éxitos interiores, eso sí. Pero ¿qué ventaja se obtiene con ellos? ¿A quién dan de comer las conquistas interiores? A mi me encantaría ser rico, pasear en berlina y malgastar dinero.

Robert Walser, "Jakob von Gunten" (Pag. 11), Ed. Alfaguara, 1983. Trad. Juan J. del Solar.

20 may 2015

Baudelaire (el comercio)

Jan Gossaert, Portrait of a merchant, 1530

El comercio es, por su esencia, satánico. El comercio es el «toma y daca», pero, sobre todo, el préstamo con el sobrentendido: Devuélveme más de lo que te doy.
El espíritu de todos los comerciantes está completamente viciado.
El comercio es natural; por consiguiente, es infame.
El menos infame de todos los comerciantes es aquel que dice: «Seamos virtuosos, y así ganaremos más dinero que los imbéciles que son viciosos...»
Para el comerciante, la misma honradez es una especulación de lucro. 
El comercio es satánico, porque es una de las formas del egoísmo, y la más baja, y la más vil.

Charles Baudelaire, Mi corazón al desnudo, (p. 63), Ed. Apolo, 1947, Trad.Agustín Esclasans.

29 abr 2015

Didi-Huberman (Warburg y los sellos)

Oscar Roty, La sembradora, 1887

Warburg ha sido el único gran historiador del arte realmente interesado en los sellos postales. (...) Porque el sello postal manifestaba ejemplarmente, a sus ojos, al menos dos de las grandes potencias antropológicas que se esforzaba por exhumar en la historia de las imágenes: la migración en el espacio (Wanderung) asociada a la función primera, postal, de los sellos en tanto imágenes "pasa-fronteras"; y la migración en el tiempo (Nachleben) que le permitía ver en la "Sembradora" de los sellos franceses contemporáneos una supervivencia de las "Victorias" grabadas en bajorrelieve en las medallas antiguas.

Georges Didi-Huberman, Conmemorar en la cuerda floja, (p. 73), En la cuerda floja, Ed. Shangrila textos aparte, 2015. Trads. Mariel Manrique y Hernán Marturet.

27 mar 2015

Dostoyevski (el juego y el espectáculo del caballero)

 
Edvard Munch, By the roulette, 1892

Hay dos clases de juego: uno de caballeros; otro, plebeyo, ávido de ganancias, el juego de la canalla. Aquí todo está rigurosamente delimitado, ¡y hasta qué punto es infame esta delimitación! Un caballero, por ejemplo, puede jugarse cinco o diez luises, rara vez más. Puede, también, jugarse incluso mil francos, si es muy rico, pero por el propio juego, por puro entretenimiento, por el placer de observar el proceso de ganancias y pérdidas, pero jamás interesándose por el dinero. Si gana, puede, por ejemplo, reír en voz alta, hacer una observación a alguien que esté cerca, incluso jugar otra vez, doblar la apuesta, pero sólo por curiosidad, para observar las posibilidades, calcular, y no por el deseo plebeyo de ganar. En una palabra, debe ver en todas esas mesas de juego, ruletas, trente et quarante, simples medios de diversión, hechos únicamente para su placer. No debe, siquiera, sospechar la existencia del provecho ni de la trampa, en que se basa la banca. No estaría nada, pero que nada mal si todos los demás jugadores, la chusma que tiembla por unos florines, le parecieran ricos caballeros como él mismo, que jugaran únicamente por entretenerse y pasar el tiempo. Este absoluto desconocimiento de la realidad y esta idea cándida acerca de los hombres resulta, naturalmente, muy aristocrática.

(...) Un auténtico caballero, aunque haya perdido toda su fortuna, no debe exteriorizar sus sentimientos: un caballero tiene que estar por encima del dinero, éste no debe preocuparle. Naturalmente, lo más aristocrático es ignorar toda esta inmundicia, toda esa chusma, todo ese ambiente. Aunque, a veces, resulte no menos aristocrático proceder a la inversa, es decir, observar, con un anteojo, por ejemplo, toda esa canalla; pero a condición de aceptar esa muchedumbre y esa inmundicia como una especie de diversión, como una función destinada a entretener al caballero. Puede uno, incluso, codearse con la chusma, siempre y cuando la mirada denote el absoluto convencimiento de no formar parte de ella. Claro está, tampoco se debe mirar con demasiado detenimiento: no sería digno de un caballero. El espectáculo no merece una mirada detenida. Además, ¡hay pocos espectáculos dignos de la mirada detenida de un caballero!

El jugador, 1866. Ed. Bruguera, 1980. Trad. Victoriano Imbert. pags. 23-26.

25 feb 2015

Darian Leader (borrado de los lazos con el pasado)

Manolo Millares, Homúnculo, 1966

Se nos llena la boca con la historia de la humanidad, pero en realidad abolimos la dimensión narrativa de la vida humana. El tiempo medio en que un médico está con un paciente en este país es seis minutos. ¿Qué puedes aprender de la historia de alguien en seis minutos? Nuestros lazos con el pasado están siendo borrados. No hay tiempo para escuchar a las personas. En esta sociedad tardocapitalista el ser humano es un agente en el mercado, compitiendo por bienes y servicios para aumentar su riqueza, éxito y felicidad. Un currículo andante, un conjunto de habilidades que debes recitar constantemente. Cuando identificas a un ser humano como un recurso humano, como se hace en las empresas, quiere decir que te interesa su potencial, en qué puede convertirse, y no de dónde viene. Una fuerza cada vez mayor nos aleja de la historia de las personas.

Entrevista con Darian Leader, El País, 22/02/15.

31 dic 2014

Julio Cortázar (Maravillosas ocupaciones)

Antonio Gálvez, 1971

Qué maravillosa ocupación cortarle una pata a una araña, ponerla en un sobre, escribir Señor Ministro de Relaciones Exteriores, agregar la dirección, bajar a saltos la escalera, despachar la carta en el correo de la esquina.
Qué maravillosa ocupación ir andando por el bulevar Arago contando los árboles, y cada cinco castaños detenerse un momento sobre un solo pie y esperar que alguien mire, y entonces soltar un grito seco y breve, y girar como una peonza, con los brazos bien abiertos, idéntico al ave cakuy que se duele en los árboles del norte argentino.
Qué maravillosa ocupación entrar en un café y pedir azúcar, otra vez azúcar, tres o cuatro veces azúcar, e ir formando un montón en el centro de la mesa, mientras crece la ira en los mostradores y debajo de los delantales blancos, y exactamente en medio del montón de azúcar escupir suavemente, y seguir el descenso del pequeño glaciar de saliva, oír el ruido de piedras rotas que lo acompaña y que nace en las gargantas contraídas de cinco parroquianos y del patrón, hombre honesto a sus horas.
Qué maravillosa ocupación tomar el ómnibus, bajarse delante de Ministerio, abrirse paso a golpes de sobres con sellos, dejar atrás al último secretario y entrar, firme y serio, en el gran despacho de espejos, exactamente en el momento en que un ujier vestido de azul entrega al Ministro una carta, y verlo abrir el sobre con una plegadera de origen histórico, meter dos dedos delicados y retirar la para de araña, quedarse mirándola, y entonces imitar el zumbido de una mosca y ver cómo el Ministro palidece, quiere tirar la pata pero no puede, está atrapado por la pata, y darle la espalda y salir, silbando, anunciar en los pasillos la renuncia del Ministro, y saber que al día siguiente entrarán las tropas enemigas y todo se irá al diablo y será un jueves de un mes impar de un año bisiesto.

Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas, 1962.

29 oct 2014

Agamben (vida cotidiana y experiencia)

Edward Hopper, Early sunday morning, 1930
 
Sabemos hoy que para destruir la experiencia no hay necesidad de una catástrofe: la vida cotidiana en una gran ciudad basta perfectamente, en tiempo de paz, para garantizar este resultado. En efecto, en la jornada de un hombre contemporáneo no hay casi nada que pueda traducirse en experiencia: ni la lectura del periódico, tan rica en noticias irremediablemente ajenas al lector mismo al que conciernen; ni el tiempo pasado en embotellamientos al volante de un coche; ni la travesía de los infiernos en que se hunden los ramales del metro; ni los manifestantes que de repente ocupan toda la calle; ni la nube de los gases lacrimógenos que se disipa lentamente por entre los inmuebles del centro urbano; ni tampoco las ráfagas de armas automáticas que estallan no se sabe dónde: ni la cola ante las ventanillas de la administración; ni la visita al supermercado, ese nuevo país de Cucaña; ni los instantes de eternidad pasados con desconocidos, en el ascensor o en el autobús, en una promiscuidad muda. El hombre moderno vuelve a su casa al atardecer cansado por un cúmulo de acontecimientos -divertidos o aburridos, insólitos u ordinarios, agradables o atroces- sin que ninguno de ellos se haya mutado en experiencia.

Es esta imposibilidad de traducirse en experiencia lo que hace insoportable, más de lo que nunca ha sido, nuestra vida cotidiana, y no una supuesta mala calidad o insignificancia de la vida contemporánea respecto a la del pasado (al contrario, quizás la existencia cotidiana nunca fue más rica en acontecimientos significativos). […] La visita a un museo o a un lugar de peregrinación turística resulta particularmente instructiva a este respecto. Ante las más grandes maravillas de la tierra (pongamos, por ejemplo, el Patio de los Leones de la Alhambra), una aplastante mayoría de nuestros contemporáneos rehúsa la experiencia: prefiere dejar este cuidado a la cámara fotográfica. No se trata, en absoluto, de deplorar tal actitud, sino de levantar acta de la misma.

Infancia e historia. Destrucción de la experiencia y origen de la historia, Giorgio Agamben, Adriana Hidalgo Editora, 2011 (p. 8 y 10).